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Aventuras de Cesáreo Contreras

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Por Viriato Sención
De entre las tantas hombradas de Cesáreo, voy a referir una de las más mentadas por el pueblo. Si bien el
hecho es singular, nada tiene que ver con retos o disputas donde interviene el rápido y silencioso cuchillo,
o el revólver estruendoso, sino más bien la ausencia de temor. El episodio, según lo cuentan personas
dignas de fe, ocurrió para el año de 1929.

Entre San José de Ocoa y el paraje de Sabana Larga, a cosa de unos cuatro kilómetros del pueblo, por
un reducto que muy pocos se aventuraban a cruzar de noche, había un enorme y tenebroso jabillo.
Dice la leyenda que bajo ese árbol dos compadres se entremataron por asuntos de celos de mujeres.
El que recelaba a su mujer hirió de muerte al otro, pero el herido, cuando se estaba yendo para el otro
lado logró alcanzarlo con el largo cuchillo y ambos cayeron tendidos junto al tronco del jabillo.

Que un hombre se acueste con la mujer de su compadre, constituye una traición imperdonable. De manera
que el pasaje quedó maldito. En ese lugar, al que después del suceso la gente comenzó a llamarlo, con
sombrío cinismo, “El cuerno de los compadres”, aparecían con frecuencia dos espectros acuchillándose
fieramente. Los cuchillos relucían en la oscuridad, penetrándose los cuerpos afantasmados. Y así,
infinitamente. Sombras vanas en eterno altercado con hermanas sombras.

Del lugar surgieron muchas leyendas. Se decía que un jinete llegó a ser alcanzado por una de esas
cuchilladas y fue arrojado del animal en que iba, hasta los pies del jabillo, donde quedó muerto con cara
de espanto. Se decía también que de noche y a ciertas horas del día, generalmente a las doce, aparecía un
perro negro debajo del jabillo con largos lamentos y colmillos agresivos.

Una noche llegaron al pueblo dos hombres transformados por el miedo, frenando sus monturas, de
lenguas afuera, sobre el tronco del laurel del parque.

-“!El diablo está en Sabana Larga!”, gritaban con desesperación. Voceaban cosas como para espantar a los fantasmas que los perseguían. En seguida se arremolinaron los vecinos en torno a los dos personajes. Dijeron haber encontrado una parihuela con un muerto adentro debajo del jabillo, cuando venían de Sabana Larga. Cesáreo Contreras, que esa noche se dirigía a una “noche de vela” que se estaba celebrando en las cercanías de Sabana Larga, se detuvo a ver a esos hombres que iban como la “jonda el diablo”, corriendo y voceando sobre dos caballos desbocados.

Hubo alarma entre la gente al enterarse de lo sucedido, pero nadie se dispuso a ir a descifrar el enigma.
Cesáreo siguió su camino, y más adelante, cuando cruzaba frente al jabillo oyó lamentos desgarradores.
El caballo de Cesáreo se puso bronco. La luna entera, a un costado del cielo, por el este, derramaba su luz
plateada sobre el bosque y el sendero. De las ramas crujientes del jabillo descendían sombras caprichosas
que se arrastraban hasta el camino. Cesáreo vio la parihuela, se tiró inmediatamente del caballo y se
dirigió hacia ella. La entreabrió.

Era un hombre vivo que parecía un cadáver envuelto en una mortaja, respiraba angustiosamente. La gran sorpresa para Cesáreo fue distinguir en el individuo amortecido a su compadre Jacinto Coronado. Este logró explicarle entre susurros asmáticos lo que pasaba: cuatro hombres lo traían del Rosalito de emergencia para el pueblo con un agudo dolor en el vientre.

Desde una hacienda cercana llegaban, como voces de ánimas en fiesta, los cantos de la noche de vela. Para allá, le dijo Coronado, habían cogido los que lo traían. Venían metidos en tragos, los animó el jolgorio, lo dejaron
tirado y se fueron de parranda. Cesáreo calmó al compadre y le dijo que lo esperara no’más un rato. Y
por ahí mismo arrancó, picando al azabache, cuyos cascos resonaban en la noche. Irrumpió en el sarao
religioso, con su bigote heroico y su resplandeciente sombrero panamá, con más fuerza que san Jorge,
y de un vistazo distinguió a los susodichos. Estaban melosos, aparejados con mujeres. Como si fueran
cuatro reses, Cesáreo los sacó, carajeándolos, insultándolos con voz autoritaria. Los llevó hasta el jabillo
y con una soga que traía amarró a dos en el tronco del árbol espinoso. “Para que se encarguen de ustedes
los compadres, cabrones”. A los otros dos los echó por delante cargando la parihuela, atizándolos a punta
de látigo.

Así llegó al pueblo a eso de las diez de la noche, y se encontró con la gente agrupada en el parque
comentando sobre el misterioso caso del supuesto muerto que había aparecido debajo del jabillo.

Dejó a su compadre en la clínica de un joven médico, que no hacía mecho tiempo se había instalado en el
pueblo.

Cumplida su misión, se fue estribando sobre su negro, con calma, por el camino de Sabana Larga. Apenas
le tiró una ojeada al jabillo, donde dos hombres pedían auxilio a gritos, acentuando el oscuro silencio de
la noche. Un perro aullaba en la distancia.

 

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